El caso del plan de clase desaparecido

Expediente Confidencial 1: El plan de clase desaparecido
¿Cómo puede ser que mi perfecto plan de clase desapareciera a las 9:15?

A las 8:45 todo parecía perfecto: había diseñado un plan de clase detallado. Incluía indagación, colaboración, pensamiento crítico, una explicación con muchas preguntas y dos actividades interactivas.
A las 9:00 llegaron los alumnos.
A las 9:05 di instrucciones para la primera actividad.
A las 9:10 los alumnos estaban trabajando en grupos y yo completamente satisfecha.
A las 9:15 ocurrió. Una mano se levantó: ¿Qué tenemos que hacer?
Pensé que no había escuchado bien. Lo que acabo de explicar.
El alumno miró a sus compañeros. Ellos lo miraron a él. Yo los miré a todos.
Y entonces otra mano se levantó: ¿Pero tenemos que hacerlo solos o en grupo?
Una tercera: ¿Tenemos que escribirlo?
Una cuarta: ¿Esto cuenta para nota?
Y, finalmente: No lo he entendido, ¿puede volver a explicarlo?
En ese momento comprendí algo importante. Mi plan de clase perfecto acababa de morir.
Durante los primeros minutos pensé que el problema eran mis alumnos.
Durante los siguientes minutos pensé que quizá no habían prestado atención.
Y, algunos minutos después, tuve que considerar una posibilidad mucho más incómoda:
Quizá el problema no era que mis alumnos no fueran autónomos sino que nunca les había enseñado realmente cómo serlo. Además, yo no había comprobado si mis instrucciones habían sido entendidas.
Principales sospechosos:
Falta de comprobación de las instrucciones
Falso concepto de la autonomía
Cómo construir autonomía paso a paso. Porque… ¿qué ocurrió realmente a las 9:15?
Cuando un alumno/a pregunta: ¿Qué tenemos que hacer? Nuestra primera reacción puede ser pensar: No estaba escuchando. Pero existen otras posibilidades. Quizá el alumno:
- escuchó las instrucciones, pero no las entendió;
- sabía qué hacer, pero no cómo organizarse;
- tenía miedo de equivocarse y estaba esperando que el profesor validara cada decisión;
- o simplemente necesitaba más claridad antes de sentirse preparado para avanzar.
Saber qué hacer no siempre significa saber cómo hacerlo.
Y aquí aparece uno de los grandes malentendidos sobre la autonomía.
La autonomía no aparece cuando dejamos de ayudar.
Aparece cuando enseñamos, poco a poco, a nuestros alumnos, a necesitar menos ayuda. Imagina que quieres que un alumno aprenda a nadar. Sería extraño decir: El objetivo es que seas autónomo. Tírate a la piscina. Nos vemos en una hora.
En el aula puede ocurrir algo similar.
Explicamos una actividad.
Preguntamos: ¿Todo claro? Los alumnos responden: Sí.
Y yo ya no compruebo y empieza la actividad hasta que descubro, varios minutos después, que casi nadie sabía cómo realizar la actividad.
La autonomía necesita un proceso. Podemos pensar en ella como una escalera.
Peldaño 1: Tú modelas. Os doy un ejemplo de cómo empezar.
Peldaño 2: Lo hacen juntos. Vamos a probarlo entre todos.
Peldaño 3: Practican con tu apoyo. Ahora vosotros. Yo estaré aquí para ayudaros.
Peldaño 4: Eligen su estrategia. Decidid qué opción funciona mejor para cada uno.
Peldaño 5: Reflexionan sobre el proceso. ¿Qué hacen al encontrar un problema?
La autonomía se convierte en… Tomar decisiones, utilizar estrategias y saber qué hacer cuando aparece un problema.
Si los alumnos están acostumbrados a que el profesor/a responda cada duda, valide cada decisión y solucione cada problema, probablemente seguirán necesitándolo cuando tengan una dificultad. Por eso, en lugar de responder inmediatamente a cada pregunta, podemos empezar a cambiar nuestras respuestas. En vez de:
—Profe, ¿qué hago ahora? Responder: —¿Qué opciones tienes?
—¿Está bien esto? Preguntar: —¿Cómo podrías comprobarlo?
—No entiendo. Podemos decir: —¿Qué parte entiendes hasta ahora?
Se trata de evitar convertirnos automáticamente en la primera, segunda y tercera solución a cada problema.
La próxima vez que un alumno diga: ¿qué hago? prueba con estas tres preguntas antes de darle la respuesta.
1. ¿Qué crees que tienes que hacer?
Esto nos permite descubrir qué ha entendido realmente.
2. ¿Qué has probado ya?
Así evitamos convertirnos en la primera respuesta automática.
3. ¿Cuál podría ser tu siguiente paso?
Porque, muchas veces, el problema no es la actividad completa. El problema es simplemente no saber cómo empezar o realizar un punto concreto.
Puedes utilizar estas preguntas como una pequeña rutina en el aula. Al principio, tus alumnos te mirarán como si estuvieras intentando responder una pregunta con otra pregunta. Pero con el tiempo, esas preguntas pueden empezar a formar parte de su propio diálogo interno. Y ese es el objetivo.


Pero entonces apareció un nuevo problema porque dar autonomía puede tener consecuencias inesperadas. Algunos alumnos empezaron a trabajar de formas completamente diferentes. Unos avanzaban muy rápido. Otros necesitaban más tiempo. Algunos elegían estrategias brillantes. Y otros descubrían que siempre podían elegir la opción más fácil. De repente, tenía una clase mucho más autónoma y también mucho más diversa.
«Cuando finalmente conseguimos que los alumnos trabajen de forma independiente, aparece otro problema: empiezan a hacer cosas completamente diferentes.»